Risa en la oscuridad by Vladimir Nabokov

Risa en la oscuridad by Vladimir Nabokov

Author:Vladimir Nabokov
Language: es
Format: mobi
Tags: Novela Dramática
Published: 2010-02-12T00:00:00+00:00


19

Paul la siguió con la mirada, y los pliegues de grasa que sobresalían por encima del cuello de su camisa tomaron el color de la remolacha. A pesar de su naturaleza dulce, no le hubiera importado propinar a Margot lo que ella deseaba le propinaran a él. Se preguntó quién podía ser el que la acompañaba y dónde andaría Albinus. Estaba seguro de que su cuñado rondaba por alguna parte, y la idea de que Irma pudiera verle de pronto, se le hizo intolerable.

Se sintió muy aliviado cuando sonó el silbato y pudo escapar con la niña.

Llegaron a casa. Irma tenía aspecto de cansancio y, en respuesta a las preguntas de su madre sobre el partido, se limitó a asentir con la cabeza, sonriendo con aquel gesto misterioso que era su peculiaridad más encantadora.

—Es sorprendente la forma en que se deslizan sobre el hielo —dijo Paul.

Elisabeth le miró pensativamente, volviéndose luego hacia su hija.

—Es hora de ir a la cama, cielo.

—¡Oh, no! —imploró Irma, soñolienta.

—Es casi medianoche; nunca has estado levantada hasta tan tarde.

—Paul —dijo Elisabeth cuando su hija estuvo ya en la cama—, tengo la impresión de que algo ha sucedido. ¡He estado tan inquieta mientras permanecisteis fuera! ¡Dímelo, Paul!

—Pero si no tengo nada que decirte —contestó él poniéndose muy colorado.

—¿No encontrasteis a nadie? —aventuró ella—. ¿De verdad que no?

—¿Qué es lo que te ha metido esa idea en la cabeza?

Paul estaba totalmente desconcertado ante la sensibilidad casi telepática que había adquirido Elisabeth desde que se separó de su esposo.

—Lo estoy temiendo siempre —musitó ella mientras seguía con la cabeza un movimiento pendular.

A la mañana siguiente, Elisabeth fue despertada por la nurse, que entró en la habitación con un termómetro en la mano.

—Irma está mala, señora —dijo vivamente—. Tiene treinta y siete y décimas.

—Treinta y siete y décimas...

«He ahí por qué estaba tan inquieta ayer» pensó súbitamente.

Saltó de la cama y corrió al cuarto de la niña. Irma, echada de espaldas, tenía los ojos relucientes y fijos en el cielo raso.

—Un pescador y una barca —dijo señalando hacia el techo, donde los rayos de la lamparita de noche proyectaban una especie de imagen.

Era muy temprano y nevaba.

—¿Te duele la garganta, cariño? —preguntó Elisabeth mientras se abrochaba la bata.

Se inclinó sobre la carita afilada de la niña.

—Dios mío, ¡cómo le arde la frente! —exclamó, apartando de la ceja de la niña un mechón de fino cabello rubio.

—Y uno, dos, tres, cuatro juncos —dijo Irma tenuemente, mirando aún hacia arriba.

—Mejor sería que llamásemos al doctor —dijo Elisabeth.

—¡Oh!, no hace falta, señora —intervino la nurse—. Le daré un poco de té con limón y una aspirina. Todo el mundo tiene gripe, ahora.

Elisabeth llamó a la puerta de Paul, que se estaba afeitando y salió aún con el jabón en la cara. Volvieron a la habitación de Irma. Paul se cortaba a menudo al afeitarse, incluso empleando su navaja de seguridad, y una amplia mancha roja se extendía sobre la espuma de su mentón.

—Fresas y nata —dijo Irma cuando se inclinó sobre ella.

El



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